
“Querer no siempre es poder”: La trampa del optimismo
La historia del burro que quiso ser caballo
Imaginemos a un burro. No cualquier burro: uno que fue criado entre caballos de carreras. Entrenó cada mañana con ellos. Comió la misma avena, corrió en la misma pista, fue motivado con las mismas frases. Lo intentó con todas sus fuerzas, día tras día. Pero el día de la carrera, por más ganas que tuviera, no les ganó. Y no lo haría nunca. Porque no es un caballo. Es un burro.
Ahora bien, ese burro —gracias a su entrenamiento, esfuerzo y entorno— terminó siendo el burro más veloz que haya existido jamás.
Esta historia ilustra un principio fundamental: el esfuerzo no anula la realidad. Podemos mejorar, sí. Pero no todos tenemos el mismo punto de partida, ni las mismas condiciones, ni el mismo cuerpo, ni las mismas oportunidades. Creer que basta con querer es desconocer cómo funciona el mundo… y cómo funciona el ser humano.
Durante décadas, la frase “querer es poder” ha sido tatuada en la cultura popular, inscrita en cuadernos escolares, discursos motivacionales, camisetas de gimnasio y muros de redes sociales. A simple vista, parece un llamado inspirador al esfuerzo y la voluntad. Pero desde una mirada más realista y compasiva, esa frase no solo es inexacta: puede llegar a ser cruel.
Afirmar que quien quiere, puede, implica —de forma implícita— que quien no puede, es porque no quiere lo suficiente. Esta visión ignora variables estructurales, neurológicas, sociales y emocionales que influyen en nuestras capacidades y logros.
¿Y si el problema no fuera la falta de deseo, sino la falta de recursos, condiciones o incluso salud mental?
El costo emocional del mito
Desde la psicología clínica, numerosos estudios han documentado cómo las creencias irracionales pueden generar culpa, ansiedad y sentimientos de fracaso en las personas.
Albert Ellis, pionero de la Terapia Racional Emotiva Conductual, sostía que las creencias absolutistas (“debo”, “tengo que”, “si quiero puedo”) son una fuente común de malestar emocional (Ellis, 1994). Bajo esta lógica, la frase “querer es poder” puede convertirse en una sentencia silenciosa que castiga al que no logra.
Desigualdades estructurales y meritocracia tóxica
Desde la filosofía política, autores como Michael Sandel y Martha Nussbaum han criticado la ilusión de la meritocracia como un sistema “justo”, donde cada quien tiene lo que se merece. Bajo esta lógica, si alguien no alcanza el éxito, es porque no se esforzó lo suficiente, sin considerar su contexto social, educativo o económico (Sandel, 2020).
Decir que todo se logra si se desea con fuerza es una forma encubierta de negar las desigualdades. Según un estudio longitudinal de la Universidad de Stanford, factores como el código postal donde nace una persona en EE.UU. son mejores predictores del éxito educativo y laboral que su coeficiente intelectual o su “determinación” (Chetty et al., 2014).
Filosofía y la falacia de la voluntad omnipotente
Desde una mirada existencialista, pensadores como Albert Camus o Viktor Frankl nos invitan a entender la vida no como una serie de logros, sino como un acto de sentido. Frankl (2004), quien sobrevivió a los campos de concentración nazis, dijo:
“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y poder para elegir nuestra respuesta.”
Notemos que Frankl no habla de lograr lo que uno quiere, sino de encontrar sentido incluso en lo que no se puede cambiar.
La voluntad tiene poder, sí, pero no es omnipotente.
Existen límites reales: físicos, económicos, emocionales, sociales. Y aprender a reconocerlos —sin resignación, pero con madurez— es un acto de salud mental.
¿Entonces, dejamos de intentarlo?
No se trata de caer en el cinismo o la pasividad. El esfuerzo importa. La resiliencia también. Pero el discurso debe matizarse: no basta con querer. Hace falta un entorno que acompañe, herramientas adecuadas, acompañamiento emocional, tiempo, y, muchas veces, ayuda externa. Como bien indica la teoría de la autodeterminación de Deci y Ryan (2000), el crecimiento humano se potencia cuando se satisfacen tres necesidades básicas: autonomía, competencia y conexión. No basta con motivar: hay que crear las condiciones.
Hacia una cultura más humana
El verdadero mensaje que deberíamos promover no es “si quieres puedes”, sino algo más realista y empático como: “Con voluntad, apoyo y condiciones adecuadas, mucho es posible.” Esa afirmación reconoce el poder de la intención, pero sin poner todo el peso del fracaso sobre los hombros de quien lo intenta.
Necesitamos discursos que empoderen sin culpar, que motiven sin presionar, que acompañen sin infantilizar. Porque hay batallas que no se ganan solo con ganas, y decir lo contrario no es motivación: es violencia simbólica.
Referencias
- Chetty, R., Hendren, N., Kline, P., & Saez, E. (2014). Where is the land of Opportunity? The Geography of Intergenerational Mobility in the United States. The Quarterly Journal of Economics, 129(4), 1553–1623. https://doi.org/10.1093/qje/qju022
- Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). The “What” and “Why” of Goal Pursuits: Human Needs and the Self-Determination of Behavior. Psychological Inquiry, 11(4), 227–268. https://doi.org/10.1207/S15327965PLI1104_01
- Ellis, A. (1994). Reason and Emotion in Psychotherapy: Revised and Updated. Carol Publishing Group.
- Frankl, V. E. (2004). Man’s Search for Meaning. Beacon Press.
- Nestler, E. J., & Hyman, S. E. (2010). Animal models of neuropsychiatric disorders. Nature Neuroscience, 13(10), 1161–1169. https://doi.org/10.1038/nn.2647
- Sandel, M. J. (2020). The Tyranny of Merit: What’s Become of the Common Good? Farrar, Straus and Giroux.