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El problema no siempre está en los de abajo
26 de abril de 2026Bienestar y SaludLiderazgo

El problema no siempre está en los de abajo

“Capacitar sin revisar el sistema es una forma eficiente de mover cosas sin cambiar nada importante.”

Hace un tiempo conversé con el dueño de una empresa que venía arrastrando problemas de ejecución, desgaste interno y resultados por debajo de lo esperado. En medio de la conversación me hizo una pregunta muy directa: “¿Qué podemos hacer para que la gente trabaje mejor y tenga más compromiso?”. La pregunta era legítima. También era predecible. Como ocurre en muchas organizaciones, su primera idea fue pensar en otra capacitación.

Empezamos a revisar lo que estaba pasando y, bastante rápido, apareció algo evidente: el problema no estaba en la voluntad de la gente ni en una falta grave de conocimientos. Lo que había era otra cosa: procesos lentos, decisiones que rebotaban entre varios niveles, roles poco claros, prioridades mal comunicadas y una operación que exigía agilidad desde una estructura que no la facilitaba. La conclusión fue sencilla: antes de volver a entrenar al equipo, había que revisar procesos.

Ese tipo de conversación se repite más de lo que debería. Muchas empresas siguen respondiendo igual ante casi cualquier caída en resultados: si bajan las ventas, hacen un taller; si falla la ejecución, contratan un team building; si el liderazgo no termina de consolidarse, programan una conferencia. La lógica parece razonable, pero muchas veces parte de un diagnóstico equivocado. No todo bajo desempeño es un problema de habilidades.

Desde hace años, la literatura sobre mejora del desempeño insiste en que los resultados dependen no solo del individuo, sino también del diseño organizacional, los procesos y la manera en que la empresa conecta estrategia con ejecución (Rummler & Brache, 1995). Dicho de forma simple: la capacitación sí sirve, pero no sirve para todo.

De hecho, la evidencia muestra que la formación puede tener efectos positivos sobre el desempeño organizacional, especialmente cuando existe alineación con el negocio y con las condiciones reales del trabajo (Kim et al., 2025). También sabemos que las mejores mejoras no suelen venir de acciones aisladas, sino de sistemas coherentes de gestión, liderazgo y organización del trabajo (Combs et al., 2006). Ahí está el punto que muchas empresas prefieren pasar por alto: la capacitación funciona mejor cuando está montada sobre una organización sana. Cuando esa base falla, el impacto se reduce.

“Cuando una empresa evita revisar sus procesos, termina usando la capacitación como coartada.” -ALC

Además, el problema no es solo aprender, sino poder aplicar lo aprendido. La investigación sobre transferencia del entrenamiento ha mostrado que el uso real de nuevas habilidades depende del diseño del programa, del contexto laboral, del apoyo del supervisor y de la oportunidad concreta de usar esas competencias en el puesto (Blume et al., 2010; Cromwell & Kolb, 2004). Por eso hay capacitaciones que entusiasman el día del evento y desaparecen en la práctica una semana después. No porque el facilitador haya sido malo, sino porque la organización siguió operando igual.

Y aquí aparece una pregunta importante: si tantas empresas ya han visto que repetir entrenamientos no resuelve el fondo, ¿por qué lo siguen haciendo?

Porque, en muchos casos, capacitar vuelve a ser la salida más barata, más rápida y más cómoda. No necesariamente la mejor. La más cómoda.

Revisar procesos de verdad implica detenerse, mapear cuellos de botella, redefinir responsabilidades, simplificar flujos, hacer ajustes en tecnología, revisar indicadores y aceptar que parte del problema puede estar en decisiones de diseño.

Revisar liderazgo implica algo todavía más sensible: evaluar perfiles de jefatura, corregir estilos de dirección, exigir estándares, pedir cuentas a mandos medios y, a veces, reconocer que la alta gerencia también está contribuyendo al problema. Eso cuesta dinero, tiempo, foco y capital político.

En cambio, volver a capacitar suele ser una decisión más fácil de aprobar. Se presenta bien, se comunica bien. Da sensación de acción y no altera demasiado el equilibrio interno de poder. Y, además, deja intacta una narrativa muy conveniente: el problema está abajo, no arriba. El equipo necesita mejorar, los colaboradores deben comprometerse más, la gente tiene que ponerse la camiseta — aunque le quede pequeña —. Así, la empresa evita hacerse la pregunta que de verdad importa: ¿qué parte del sistema está frenando el resultado?

En ese punto, la capacitación deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en un mecanismo de desplazamiento de responsabilidad. La factura del mal diseño organizacional se le pasa al colaborador. Eso explica por qué algunos programas se repiten una y otra vez sin cambiar demasiado.

No siempre se capacita porque sea la prioridad correcta; veces se capacita porque revisar el fondo sale más caro que maquillar la forma. Y como el cambio estructural exige más inversión y coraje directivo, algunas empresas prefieren gastar menos en talleres que invertir de verdad en procesos, liderazgo, tecnología o rediseño operativo. Aunque el ahorro es aparente; lo que en realidad hacen es postergar el costo grande y multiplicar el costo silencioso: desgaste, lentitud, frustración y resultados mediocres.

La literatura en liderazgo y cambio organizacional también va en esa línea. Beer, Finnström y Schrader (2016) plantean que muchos programas de liderazgo fracasan no porque el contenido sea malo, sino porque las barreras organizacionales siguen intactas. Pfeffer y Sutton (2000) lo dijeron hace años con otra formulación: las empresas no suelen fallar por falta de ideas, sino por su incapacidad para convertir conocimiento en acción consistente. El problema, entonces, no siempre es de aprendizaje. Muchas veces es de estructura, disciplina gerencial y decisiones que nadie quiere tocar.

Por eso la conversación correcta no empieza preguntando cuál es la próxima capacitación. Empieza preguntando qué está trabando el desempeño real del negocio.

Puede ser un problema de proceso. Puede ser un problema de claridad estratégica. Puede ser una estructura comercial desactualizada. Puede ser una cultura permisiva. Puede ser un liderazgo débil. Puede ser una propuesta de valor que perdió fuerza. Puede ser tecnología que atrasa en lugar de habilitar. McKinsey ha insistido en que la salud organizacional sigue siendo un predictor fuerte de creación de valor y desempeño sostenido en el tiempo (McKinsey & Company, 2024). Gallup, por su parte, reportó que el compromiso global de los trabajadores cayó a 20% en 2025, un dato que recuerda que el rendimiento no depende solo del talento individual, sino también de cómo se gestiona el entorno de trabajo (Gallup, 2026).

Nada de esto significa que la capacitación no transforme. Sí transforma. Pero transforma más cuando responde a una necesidad real, cuando llega en el momento correcto y cuando la empresa está dispuesta a corregir aquello que impide que lo aprendido se convierta en resultados. Ahí la formación deja de ser una coartada elegante y se vuelve una inversión inteligente.

La pregunta, entonces, no es solo: ¿qué capacitación necesitamos?

La pregunta que vale más es esta: ¿qué estamos haciendo mal como organización que está frenando el resultado?

Mientras esa pregunta no se responda con honestidad, muchas empresas seguirán haciendo cambios de forma para evitar cambios de fondo. Y eso puede salir más barato en el presupuesto del trimestre, pero casi siempre sale más caro en la salud del negocio.

Por Allan Lorìa C.
Referencias
  1. Beer, M., Finnström, M., & Schrader, D. (2016). Why leadership training fails—and what to do about it. Harvard Business Review.
  2. Blume, B. D., Ford, J. K., Baldwin, T. T., & Huang, J. L. (2010). Transfer of training: A meta-analytic review. Journal of Management, 36(4), 1065–1105.
  3. Combs, J. G., Liu, Y., Hall, A. T., & Ketchen, D. J. (2006). How much do high-performance work practices matter? A meta-analysis of their effects on organizational performance. Personnel Psychology, 59(3), 501–528.
  4. Cromwell, S. E., & Kolb, J. A. (2004). An examination of work-environment support factors affecting transfer of supervisory skills training to the workplace. Human Resource Development Quarterly, 15(4), 449–471.
  5. Gallup. (2026). State of the Global Workplace: 2026 report. Gallup.
  6. Kim, J., Chang, H., & Bell, B. S. (2025). Organizational-level training and performance: A meta-analytic investigation. Journal of Management, 52(5), 1772–1809.
  7. McKinsey & Company. (2024). Organizational health is still the key to long-term performance.
  8. Pfeffer, J., & Sutton, R. I. (2000). The knowing-doing gap: How smart companies turn knowledge into action. Harvard Business School Press.
  9. Rummler, G. A., & Brache, A. P. (1995). Improving performance: How to manage the white space on the organizational chart. Jossey-Bass.
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