
Aunque dejemos de decir “viejo”, el prejuicio no deja de sentirse.
En pocas décadas reemplazamos "viejo" por una sucesión de eufemismos —anciano, tercera edad, adulto mayor, persona mayor— cada uno con la mejor intención. La ciencia del lenguaje y la psicología del envejecimiento muestran algo incómodo: por más que cambiemos la palabra, si no tocamos el estereotipo que la acompaña, el problema que quisimos resolver sigue exactamente dónde estaba. Una reflexión para quienes lideran personas de todas las edades y las nombran, a diario, sin pensarlo dos veces.
Washington D. C., 1968. En el vecindario de Chevy Chase, un grupo de residentes de clase media se opone con vehemencia a la construcción de un edificio de vivienda pública para personas mayores de bajos ingresos. El médico y gerontólogo Robert Butler observa la escena con una sensación de déjà vu: los mismos argumentos, el mismo tono de alarma vecinal que meses atrás había escuchado usarse contra un proyecto similar destinado a familias afrodescendientes en la misma zona.
Butler se lo dice, casi sin pensarlo, al periodista Carl Bernstein —sí, el mismo que años después destaparía el caso Watergate—: "Es un atropello. Es como el racismo. Es... ¡edadismo!" (Butler, 1969). Al día siguiente, la frase aparece en primera plana del Washington Post. Butler acababa de nombrar, por primera vez, un prejuicio que llevaba siglos circulando sin apellido propio.
El prejuicio que nombramos, y la palabra que empezamos a esquivar
Nótese lo que Butler hizo y lo que no hizo. Nombró el prejuicio. No tocó la palabra "old". Lo que cambió fue que, a partir de 1969, discriminar por edad tuvo, por fin, un nombre tan serio como racismo o sexismo.
En el mundo hispanohablante ocurrió casi lo contrario. El psicoanalista argentino Leopoldo Salvarezza, pionero de la psicogeriatría en la región, adaptó el concepto de Butler y acuñó "viejismo" (Salvarezza, 1988). Pero notó algo que el activismo bien intencionado de las décadas siguientes no quiso escuchar: mientras nombrábamos el prejuicio, empezamos también a esquivar la palabra que describe a quien lo sufre.
Salvarezza lo planteaba con una pregunta que sigue sin respuesta cómoda: si la niñez produce niños, la adolescencia produce adolescentes y la adultez produce adultos, ¿por qué la vejez no puede simplemente producir viejos?
Una palabra, dos destinos completamente distintos
Vale la pena mirar qué dice, en realidad, el diccionario. Según la Real Academia Española, la acepción principal de "viejo" aplicada a un ser vivo es, sencillamente, "de edad avanzada" (RAE, s.f.). Ninguna marca de uso despectivo acompaña esa entrada.
Lo curioso es que la misma palabra, en el habla cotidiana de buena parte de América Latina, cumple una función exactamente opuesta a la que tememos: "mi viejo" y "mi vieja" son, para millones de personas, la forma más cálida de nombrar al padre y a la madre. La palabra no trae el prejuicio incorporado de fábrica. Lo recibe de quien la pronuncia, y del tono con que la carga.
Lo que en verdad envejece mal: el estereotipo, no la palabra
La psicóloga Becca Levy, de Yale, desarrolló la teoría de la incorporación del estereotipo: absorbemos imágenes culturales sobre "lo viejo" desde la niñez, décadas antes de que esas imágenes nos apliquen a nosotros mismos. Permanecen latentes y se activan justo cuando empezamos a percibirnos dentro de esa categoría —funcionando entonces como una profecía autocumplida que ya no es solo mental, sino biológica.
El hallazgo más contundente de Levy no deja mucho espacio para el escepticismo. En un seguimiento de hasta 23 años a 660 adultos mayores de 50 años, quienes tenían autopercepciones más positivas sobre su propio envejecimiento vivieron, en promedio, 7,6 años más que quienes las tenían negativas —un efecto mayor que el de la presión arterial controlada o el colesterol bajo (Levy et al., 2002).
El estereotipo interiorizado predice la longevidad mejor que varios factores médicos que sí monitoreamos con rigor. Y ese estereotipo no se disuelve porque dejemos de decir "viejo". Se formó mucho antes de que empezáramos a evitar la palabra, y sobrevive intacto debajo de cualquier eufemismo que elijamos para reemplazarla.
El tono sobrevive al cambio de vocabulario
La prueba más clara de que el problema nunca fue léxico viene de la investigación sobre el llamado elderspeak: ese estilo de habla —más lento, más agudo, cargado de diminutivos— con el que muchas veces nos dirigimos a las personas mayores, aunque hayamos elegido con cuidado la palabra "correcta" para nombrarlas.
Un estudio en unidades de cuidado para personas con demencia encontró que el elderspeak, lejos de transmitir cariño, aumentaba la resistencia y la agitación de los pacientes frente a quienes los cuidaban, más que un habla adulta y directa (Herman & Williams, 2009). El vocabulario había cambiado. La condescendencia, no.
Ahí está la raíz real, más allá del debate semántico: el edadismo no vive en una palabra específica. Vive en el estereotipo que decidimos no examinar, y que se cuela por cualquier grieta del lenguaje que le dejemos.
Reescribiendo el Edadismo, de Ronald Echeverría, aborda la discriminación laboral por edad en América Latina desde la neurociencia y la inteligencia artificial, documentando cómo el edadismo temprano —el que empieza a los 40 o 45 años— opera como un sesgo cultural tan interiorizado que las propias organizaciones dejan de percibirlo como discriminación. Disponible en Librería Capítulos.
en fin...
Quizás la pregunta nunca fue qué palabra usar para nombrar la vejez. Butler necesitó una palabra nueva para señalar el prejuicio. Salvarezza necesitó otra para nombrarlo en español. Nosotros, mientras tanto, llevamos décadas gastando el idioma en la dirección contraria: buscando la palabra que no duela, en lugar de preguntarnos por qué duele.
El lenguaje no crea el edadismo, pero lo transporta con una eficiencia perfecta: cada eufemismo dura, en promedio, una generación, hasta que hereda el mismo estigma que quiso evitar. Cambiar de palabra sin cambiar de estereotipo es reordenar los muebles de una casa construida sobre el mismo miedo. Viejo no es, en sí misma, una mala palabra. La verdadera medida del progreso no será cuál elijamos para reemplazarla, sino el día en que podamos usar cualquiera de ellas sin que nos duela.
Referencias
- Butler, R. N. (1969). Age-ism: Another form of bigotry. The Gerontologist, 9(4), 243–246.
- Echeverría, R. (2023). Reescribiendo el edadismo. Independently published.
- Herman, R. E., & Williams, K. N. (2009). Elderspeak's influence on resistiveness to care. American Journal of Alzheimer's Disease & Other Dementias, 24(5), 417–423.
- Levy, B. R., Slade, M. D., Kunkel, S. R., & Kasl, S. V. (2002). Longevity increased by positive self-perceptions of aging. Journal of Personality and Social Psychology, 83(2), 261–270.
- Real Academia Española. (s.f.). Viejo, vieja. En Diccionario de la lengua española. https://dle.rae.es/viejo
- Salvarezza, L. (1988). Psicogeriatría: Teoría y clínica. Paidós.