La edad no decide quiénes somos. Lo que decidimos creer sobre ella, sí. No es una conclusión a la que se llega una vez y ya: es una decisión que se repite todos los días, no solo el día del cumpleaños. Esto es para quien todavía cuenta los años como una resta, y para quien cree que, pasado cierto número, ya solo toca administrar lo construido.
Este 17 de octubre subo al escenario de TEDx Maipú, en Mendoza, el mismo día que cumplo 50 años. No lo planeé así: la fecha de la charla se fijó antes de que yo cayera en la cuenta de la coincidencia. Pararme dentro del círculo rojo que identifica a todo evento TED no es un detalle menor. Es un escenario que llevo años trabajando para que se volviera a repetir, y que coincida justo con mis 50 le da un peso que no voy a fingir que no tiene.
Pero lo cuento con ese peso, sin dejar que ocupe todo el espacio. Porque lo que más me interesa de esa coincidencia no es solo el escenario en sí. Es lo que revela sobre cómo decidí interpretar este número. Cumplir años no requiere ningún mérito: eso pasa solo, le pase a quien le pase. Lo que sí es una decisión, repetida cada día, es qué hacer con ellos.
Cincuenta es, primero que todo, un dato biológico: el cuerpo que tengo hoy ha estado vivo medio siglo. Pero ese dato admite más de una lectura. Hay quien lo lee como cuenta regresiva — lo que queda, lo que ya no va a volver, la energía que se supone que empieza a faltar —. Y hay quien lo lee como acumulación: lo que ya se construyó, lo que ya se aprendió a hacer bien, lo que ya no hay que fingir.
Ninguna de las dos lecturas es más "objetiva" que la otra. Las dos parten del mismo número. La diferencia está en quién decide qué historia contar con él.
El psicólogo Erik Erikson llamó generatividad frente a estancamiento a la séptima de las ocho etapas del desarrollo humano, la que corresponde justamente a la adultez media.
Generatividad, la definió, es la tarea de cuidar personas, ideas o proyectos que van a seguir existiendo después de uno: formar a alguien, dejar un trabajo bien hecho, construir algo que no depende de que uno siga ahí para sostenerse. La alternativa, cuando esa tarea no se asume, es el estancamiento: la sensación de que lo que uno hace ya no le importa a nadie más que a sí mismo.
Erikson no describió esto como algo que a uno le pasa. Lo describió como una tarea — algo que se resuelve con una decisión activa, no con el simple paso del calendario —. Dos personas pueden cumplir exactamente los mismos años y estar resolviendo tareas completamente distintas: una acumulando legado, la otra repitiendo rutina.
La edad, en ese sentido, no es un lugar al que se llega. Es una pregunta que hay que responder de nuevo cada mañana: ¿para quién o para qué estoy construyendo algo que me sobreviva?
Esta no es solo una idea reconfortante. Hay evidencia de que la forma en que una persona interpreta su propia edad tiene consecuencias medibles, y no menores. Un equipo liderado por la psicóloga Yannick Stephan analizó datos de más de 17.000 personas en tres estudios longitudinales distintos en Estados Unidos, con seguimiento de hasta veinte años. Encontró que quienes se sentían, en promedio, más viejos que su edad cronológica real tenían entre 18% y 29% más riesgo de morir en ese período, según la muestra — un riesgo que la carga de enfermedad, la inactividad física y las limitaciones funcionales explicaban en buena parte, pero que no se explicaba por síntomas depresivos.
Dicho de otra forma: la edad que uno cree tener no es una fantasía inofensiva. Es, según esta evidencia, una variable biopsicosocial real, con peso propio, independiente del número que aparece en la cédula.
No leo esto como una invitación a negar el paso del tiempo. Eso sería otra forma de autoengaño, tan vacía como la que critico. Lo leo como una confirmación de algo más simple: la interpretación que uno elige no es un adorno sobre los hechos. Es, en parte, un hecho más.
Lo escribió un hombre que perdió prácticamente todo en un campo de concentración y aun así concluyó que lo último que nadie puede arrebatarle a una persona es la libertad de elegir su actitud frente a lo que le toca vivir. No habla de cumpleaños. Habla de algo más amplio, y por eso sirve aquí: ningún número, ninguna circunstancia, decide por uno qué sentido darle a lo que queda por vivir. Disponible en www.libreriacapitulos.com
Ese círculo rojo en Mendoza me importa, y no voy a restarle valor fingiendo que es un detalle cualquiera: es la culminación de años insistiendo, charla a charla, kilómetro a kilómetro, en que el liderazgo humanista y el envejecimiento activo merecen un lugar serio en la conversación corporativa. Subir ahí el día de mis 50 es, también, un recordatorio de que los sueños no se cumplen por decreto el día que uno decide perseguirlos. Se cumplen trabajando todos los días, completamente despierto, en acción, incluso — sobre todo — cuando el calendario dice que ya debería estar administrando lo construido en lugar de seguir construyendo.
Pero llegar hasta los 50 — y disfrutarlos como los estoy disfrutando — tampoco lo hice solo. Hubo, y hay, personas que apostaron por mí antes de que yo mismo tuviera claro hacia dónde iba: mentores, colegas, familia, un equipo que hoy sostiene lo que yo solo no alcanzaría a sostener. Si puedo escribir sobre generatividad con algo de autoridad, es porque antes fui, durante años, quien recibía esa generatividad de otros. Lo que me toca ahora es seguir pasándola, no cortar la cadena.
Por eso, si esa coincidencia le sirve a alguien que está por cruzar un número que le pesa, para preguntarse qué está construyendo con el suyo — y con quién lo está construyendo —, entonces el escenario cumplió una función más grande que la charla misma.
Quizás cumplir años nunca fue el problema. El problema es dejar de decidir, un día cualquiera, qué hacer con ellos.
La edad no es una cuenta que se acumula en contra de uno. Es una compañera de vida que responde a cómo se la trata: potencia el legado de quien decide seguir construyendo, y acelera el estancamiento de quien deja que el número decida por él. A los 50, como a cualquier edad, esa sigue siendo una decisión de hoy, no un balance del pasado.
¡Saludos!